A comienzos del siglo XX, la historia de la gravedad escribía un nuevo capítulo en su mitología.
Primero, Galileo había dejado caer una bola de madera y otra de plomo desde lo alto de la torre
inclinada de Pisa. Después vino Newton con su manzana. Enseñamos a los niños de primaria que
la gravedad es una fuerza que nos mantiene pegados al suelo y que los astronautas, cuando están en
órbita, flotan libres en la negrura del espacio. Sin embargo, en cierto modo, todos tenemos espíritu
de astronauta. Los niños se embriagan con la sensación de ingravidez al saltar en una cama elástica.
Einstein quedó atónito después de escuchar a un pintor decir que sintió, por un instante, que flotaba,
cuando cayó de lo alto de un andamio. Entonces, este físico descubrió la ilusión que anida en algo
tan sólido, en apariencia, como nuestra sensación de gravidez. La ambigüedad entre aceleración y
gravedad se extiende a cualquier valor del peso. Los cambios de velocidad en un ascensor nos hacen
sentir más ligeros o pesados. Einstein supuso que una persona, en caída libre, no sentiría su propio
peso.
Un elemento importante para dar inicio a una interrogante filosófica es el asombro. El detonante del asombro de Einstein es la